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De Imanol Zubero. “Las nuevas condiciones de la solidaridad”. Privados de una clara conciencia de nuestra condición mortal, desprovistos de un proyecto colectivo inteligible, ignorando el sentido de nuestra vida y separados de nuestra historia, los ciudadanos y ciudadanas de los países desarrollados nos covertimos lentamente en náufragos. “Como ciegos en la oscuridad, buscando desesperadamente unos remos, un casco, algún resto al que agarrarnos”. Náufragos que buscamos desesperadamente algún resto al que agarrarnos. Un texto del novelista británico Julian Barnes me impresionó hace ya algún tiempo, y lo sigue haciendo en la actualidad: “Se acordó de una cosa terrible que había leído una vez en un periódico sobre la vida en un superpetrolero. Hoy en día los barcos se habían ido haciendo más grandes, mientras las tripulaciones se volvían cada vez más pequeñas y todo se manejaba por tecnología. Programaban un ordenador en el Golfo o donde fuera y el buque prácticamente se gobernaba sólo hasta Londres o Sydney. Era mucho mejor para los armadores, que se ahorraban un montón de dinero, y mucho mejor para la tripulación, que sólo tenía que preocuparse por el aburrimiento (...) Había una cosa que nunca podría olvidar de aquel artículo. Decía que en los viejos tiempos siempre había alguien arriba en la torre de vigía o en el puente, vigilando. Pero hoy en día en los buques grandes ya no había vigía, o por lo menos el vigía era un hombre que miraba de cuando en cuando una pantalla llena de puntos luminosos móviles. En los viejos tiempos si estabas perdido en el mar en una balsa o un bote de goma o algo así, y un barco pasaba cerca, tenías muchas posibilidades de que te rescataran. Agitabas los brazos y gritabas y disparabas cualquier cohete que tuvieras; ponías tu camisa en lo alto del mástil y siempre había gente vigilando y atenta a localizarte. Ahora puedes estar semanas a la deriva en el océano, y al final se acerca un superpetrolero y pasa de largo. El radar no te detecta porque eres demasiado pequeño, y es pura suerte si hay alguien inclinado sobre la barandilla vomitando. Había habido muchos casos de náufragos que en otros tiempos habrían sido salvados y a los que ahora nadie recogió; e incluso incidentes de personas a las que atropellaron los barcos que ellos creían que venían a rescatarlos. Trató de imaginar lo espantoso que sería, la terrible espera y luego la sensación cuando el barco pasa de largo y no puedes hacer nada, todos los gritos quedan ahogados por el ruido de los motores. Eso es lo malo que le pasa al mundo, pensó. Hemos renunciado a los vigías. No pensamos en salvar a otras personas, navegamos hacia delante confiando en nuestras máquinas. Todo el mundo está en cubierta, tomándose una cerveza con Greg.” En efecto, el problema de nuestro mundo es que hemos renunciado a los vigías, confiando al sistema la responsabilidad de atender a los náufragos que el propio sistema produce. Pero esto es algo que se ha demostrado imposible. En uno de sus poemas, nos recuerda Benedetti que todo es según el dolor con que se mira. Sin dolor, sin compasión, no hay posibilidad de mirada solidaria. De ahí la necesidad de reivindicar la función del vigía en nuestra sociedad: una sociedad-petrolero que, confiando ciegamente en sus posibilidades, va dejando tras de sí una estela de náufragos.
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